domingo, 2 de junio de 2013

No estoy segura de cómo pasó, ni de cuál fue el momento en el que dejé de creer en los reyes magos, o me di cuenta de que la cigüeña no traía los niños de París. Pero una mañana me levanté y me di cuenta de que ya no era quien siempre había sido.
Me había empezado a importar lo que la gente pensaba de mí. Empecé a usar faldas y vestidos cada vez mas cortos, dejé de pintar sobre un folio, para pintarme la cara y mis muñecas estaban perdidas en un cajón, mientras que mi móvil lo tenía en los bolsillos.
No recuerdo el momento en que decidí dejar de hablar a mi padre (ya era lo suficiente mayor para darle abrazos, besarle, decirle que lo quería o llorar delante suya) ni tampoco cuando me había dado cuenta de que gritaba demasiado.
Pero ahora me hallaba allí, sujetando aquel vaso que no se qué clase de alcohol llevaba dentro y viendo a mis amigas bailando con tíos, a los que no habrían mirado en cualquier otro contexto.
Quizá fue eso... lo que me movió a escribir.
La crítica

No hay comentarios:

Publicar un comentario