Me había empezado a importar lo que la gente pensaba de mí. Empecé a usar faldas y vestidos cada vez mas cortos, dejé de pintar sobre un folio, para pintarme la cara y mis muñecas estaban perdidas en un cajón, mientras que mi móvil lo tenía en los bolsillos.
No recuerdo el momento en que decidí dejar de hablar a mi padre (ya era lo suficiente mayor para darle abrazos, besarle, decirle que lo quería o llorar delante suya) ni tampoco cuando me había dado cuenta de que gritaba demasiado.
Pero ahora me hallaba allí, sujetando aquel vaso que no se qué clase de alcohol llevaba dentro y viendo a mis amigas bailando con tíos, a los que no habrían mirado en cualquier otro contexto.
Quizá fue eso... lo que me movió a escribir.
La crítica
No hay comentarios:
Publicar un comentario