Estaban allí, los dos, mirándose mutuamente con disimulada vergüenza. Ninguno hablaba. El silencio se volvía cada vez más incómodo. Quería decir algo, pero las palabras eran incapaces de salir de su boca. Lo conocía desde hacía tiempo, se veían por la calle de vez en cuando, se saludaban. Pero nada más. Y ahora ¿qué debía hacer? Siempre había soñado con ese momento: ellos, juntos, solos, en un bonito parque a orillas de un lago. Pero nunca habría imaginado que eso sucedería realmente. Lo de hoy era solo una coincidencia. ¿Habría sido el destino? No, ella no creía en esas cosas.
Y mientras pensaba en todo esto, no podía evitar observar sus ojos marrones. Quizás resulten simples y sosos, pero para ella eran los ojos marrones más bonitos que había visto en su vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario