Esas ganas de querer salir a la calle y gritar. Gritar fuerte hasta quedarte sin voz. De gritar y que todo el mundo te oiga, que los vecinos salgan a ver qué pasa. Gritar para que todos lo sepan. Que le quieres, que es el mejor, que es perfecto. Gritar de alegría. Gritar y que piensen que estás loca. Loca por él, por sus abrazos, por sus caricias, por esos besos. Gritar por gritar.
Y llorar. Llorar de alegría. Llorar porque todo esto es increíble, porque es demasiado perfecto. Llorar al ver tu cuento sin final, pero con una trama mucho más que feliz. Ganas de saltar. Saltar alto y sentirte en las nubes, aunque no tengas la necesidad de hacerlo, ya que con sólo el roce de su mano en tu piel las alcanzas, las superas, y dejas a todos pequeñitos. Saltar y liberar esa adrenalina que hace que no pares de sonreír.
Ganas también de correr, de reír. Esa sensación de felicidad, de euforia extrema. Y todo gracias a su sonrisa y a su mirada. Gracias a su forma de ser. Gracias a él. Pero todo se acaba.
No hay comentarios:
Publicar un comentario